domingo, 12 de mayo de 2013


EN RESUMEN

 CRISTIÁN CORNEJO

Hagamos el amor, convirtamos el mundo en una cama y  entreguémonos todo, tornemos los besos en cuadros, el sexo en  melodía y los días, rutinarios, en palabras que no digan nada. Volvamos nuestras manos instrumentos y pintemos los momentos ennegrecidos por los golpes, por tus celos, por los míos y manchemos nuestro lecho con el viento, con el agua, con los ojos temerarios que tenemos cuando andamos, cuando damos una vuelta, por allá por Yerbas Buenas, en la noche, en la tormenta, en el frío, en la micro que te lleva de vuelta.
El eterno problema de este amor intermitente  no es el amarnos intermitentemente, sino, el odiarnos, con el alma, de vez en cuando, el detenernos en medio de la calle colmada de lava y decirnos con cuchillos y veneno cuánto no nos queremos, el  creernos distantes y exitosos mirando individuales horizontes con un sol de 100 watts que debe ser cambiado cada un año, el besarnos en los sueños y sentir la culpa que llevamos en la sangre, porque a pesar de la respuesta, respetamos la indecencia.
Esta carta de despedida es para pedirte que vuelvas a la vida, a mi vida. Para odiarte en el pasado de muerte. Ese pasado en que la amistad tuvo forma de tormento, de inquietud, de mentira y que nos llevó siempre al desencuentro, a odiarnos por querernos, a ocultarnos nuestros besos, sinceros, a esconder las manos sucias del encuentro natural de sus deseos, a pisar el mismo suelo veinte, treinta, mil quinientas veces, conversando con la vista, nuevamente, en el suelo.
Este es solo un resumen de un diálogo, de la vida celestina. No podemos, entonces, volver al nacimiento de la nada, ni a tomar el té, como dices, en compañía de la compañía, porque, como bien debes saber, a mi no me gusta la mentira y las visitas con motivos, distan bastante de las que yo te haría, porque si por mi fuera, rodaría por tu espacio corporal, creado y determinado desde la eternidad, para ser más mío que tuyo, que del cielo o del olvido.

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