EN RESUMEN
CRISTIÁN CORNEJO
Hagamos el amor, convirtamos el
mundo en una cama y entreguémonos todo,
tornemos los besos en cuadros, el sexo en
melodía y los días, rutinarios, en palabras que no digan nada. Volvamos
nuestras manos instrumentos y pintemos los momentos ennegrecidos por los
golpes, por tus celos, por los míos y manchemos nuestro lecho con el viento,
con el agua, con los ojos temerarios que tenemos cuando andamos, cuando damos
una vuelta, por allá por Yerbas Buenas, en la noche, en la tormenta, en el
frío, en la micro que te lleva de vuelta.
El eterno problema de este amor
intermitente no es el amarnos
intermitentemente, sino, el odiarnos, con el alma, de vez en cuando, el
detenernos en medio de la calle colmada de lava y decirnos con cuchillos y
veneno cuánto no nos queremos, el
creernos distantes y exitosos mirando individuales horizontes con un sol
de 100 watts que debe ser cambiado cada un año, el besarnos en los sueños y
sentir la culpa que llevamos en la sangre, porque a pesar de la respuesta,
respetamos la indecencia.
Esta carta de despedida es para
pedirte que vuelvas a la vida, a mi vida. Para odiarte en el pasado de muerte.
Ese pasado en que la amistad tuvo forma de tormento, de inquietud, de mentira y
que nos llevó siempre al desencuentro, a odiarnos por querernos, a ocultarnos
nuestros besos, sinceros, a esconder las manos sucias del encuentro natural de
sus deseos, a pisar el mismo suelo veinte, treinta, mil quinientas veces,
conversando con la vista, nuevamente, en el suelo.
Este es solo un resumen de un
diálogo, de la vida celestina. No podemos, entonces, volver al nacimiento de la
nada, ni a tomar el té, como dices, en compañía de la compañía, porque, como
bien debes saber, a mi no me gusta la mentira y las visitas con motivos, distan
bastante de las que yo te haría, porque si por mi fuera, rodaría por tu espacio
corporal, creado y determinado desde la eternidad, para ser más mío que tuyo,
que del cielo o del olvido.
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