He quebrado los vasos
con sangre debajo de tus pies, camina ahora sobre aquello que no sirve sino
para sacar púrpuras lágrimas y vómito.
Abandono ahora hasta
mi deseo de violencia tranquila y silenciosa, y te dejo con tu muerte tirándote
las mechas, pisándote la cara con sus pies de fango estancado, apestado de
falsa genética.
He nacido donde sea y no entre tus piernas ni en tu cama, nos en tus andanzas inconscientes
ni en tus libros de memoria olvidada, atropellada.
El vacío estuvo siempre
lleno de angustias, de temores, de locura e incertidumbre, amarrado a una pata
de la cama de la bestia come hombres. Por su parte, la importancia nunca tuvo
nada.
Si mañana me aparezco
entre tus velos transparentes, invisiblemente blancos, en que ocultas la
mirada, no te asustes que el trayecto, sea rápido o lento, expiará todas tus
culpas con el filo del herrero. Y te dejará una marca que te lleves al
infierno, enrojecida no de fuego, sino de mi pensamiento asesinamente ciego,
que por aquellos momentos quemará todo recuerdo sea bueno, sea frío sea tierno
o pasajero de tu imagen depravada disfrazada de buen tiempo.
Hoy beberás vino del
suelo que viene viendo cómo me has causado penas, cómo agrando tu silencio, para
que al sentir su cuerpo sientas que algo había bueno y engañado por deseos sea
el vinagre eterno sueño.
Ahora sí deslizo
enteros mis miembros de árbol viajero, y levanto con mis hojas mis raíces de
este suelo y aunque me espere veneno hablaré desde tu entierro que no recuerda
hoy nada más que un olvidado recuerdo.
